


"No me da igual que te sea indiferente"
Jennifer Melisa Tomé

Recuperé la memoria
Desde que tengo memoria, las memorias me fallan. Cada vez que ocurre algo importante en mi vida y es retratado, la memoria me juega en contra y elimina todos los futuros recuerdos. No importa la cantidad de precauciones que pueda tomar, siempre me abandona. Y claro, ese lunes no iba a ser la excepción.
Identifique esa sonrisa como única en el instante en que tomé la foto. “No la quiero perder nunca”, pensé. Era un gesto nuevo, jamás visto. Llegue a casa y fui directo a guardarla en un lugar seguro. Como si en realidad mi memoria dependiera de esa otra memoria. Y, como con ambas me llevo mal, todo falló.
Existe un virus que ataca la memoria y convierte todo en acceso directo. Los accesos directos facilitan la vida: todo es más cómodo. ¿Cuántos accesos directos tenemos en la memoria? Es muy simple acceder a una imagen usándolos, todo está al alcance cuando se lo necesita. Éstos funcionan, lógicamente, con una carpeta madre. ¿Qué pasa si la carpeta principal se borra de la memoria? Si la raíz de los accesos directos -esa carpeta bien guardada- se mueve o se elimina, dejan de funcionar automáticamente. Y no hay, por lo menos a simple vista, manera de recuperar todos los recuerdos de la memoria si los archivos directos pierden la carpeta principal.
¿Cuántas veces se mueve una carpeta de lugar en el corazón y el acceso directo deja de abrir en la memoria?
Con la tecnología me llevo mal desde siempre, pero esa sonrisa… No podía permitirme perder esa sonrisa. Dos opciones: formatear o recuperar. Una taza de café, una caja de cigarrillos y la imagen que de a poco desaparecía en mi memoria.
Busque por todos los agujeros una solución. ¿Era más fácil preguntar? Sí, pero más gratificante es recuperar todo uno mismo. Pensé, investigué, lloré. Esa sonrisa, ese día, ese virus que jode la vida y se come los recuerdos: el olvido.
Dos memorias, una que falló y otra que algún día fallará para siempre. ¿Se puede confiar en la memoria? ¿Qué garantiza que en un futuro no tenga un virus? Que feas suenan juntas las palabras “memoria” y “virus”.
Desde el lunes hasta hoy cambié dos veces la carpeta madre de la foto. Por lo tanto, en mi memoria el acceso directo dejó de funcionar. No es fácil controlar tantas emociones. Mucho menos mantenerme firme en un mismo sentimiento. A medida que la carpeta se movía, el recuerdo se deformaba. No recordaba esa sonrisa así, hasta hoy.
Otro cigarrillo, ahora mates, la solución. Tuve que pensar y querer: deseo y voluntad. Busqué por todos lados, en la memoria, el recuerdo de ese día. Cuando lo identifiqué copié todo a una nueva carpeta, en un nuevo lugar. La guardé bien, borré el virus y recuperé la sonrisa.
¿Cuántas veces recuperamos recuerdos? ¿Cuántas veces la memoria nos falla? ¿Cuántas veces cambiamos de lugar las carpetas? ¿Cuántas veces decidimos formatear la memoria? ¿Cuántas veces nos rendimos y no recuperamos?
Sin darme cuenta, en la memoria pasaba lo mismo que en mí: Con el paso de los días, comencé a extrañar y sentí tanto dolor que tuve que esconder en algúna parte del corazón la carpeta con las imágenes del último día. La cambié de lugar, no era un momento que quería recordar, pasó de feliz a triste. Cuando quise darme cuenta, el acceso directo ya no funcionaba y mi memoria estaba peleando con el virus del olvido. Pero la sonrisa, esa sonrisa, no quería irse y la tuve que recuperar.
Jennifer Melisa Tomé -
15 de julio de 2013